LAS RÉMORAS DEL SISTEMA
Nuestros partidos políticos controlan más de 145.000 puestos de trabajo, cuyas nóminas son asumidas por las administraciones públicas, incluidas las de unos 22.000 altos cargos, 20.000 asesores y 1.500 asistentes parlamentarios. A este personal habría que sumar los trabajadores directos de los partidos y sus fundaciones, los liberados sindicales y personal empleado por las organizaciones empresariales. La cuantificación de este gasto es difícil debido a la opacidad de muchos de esos organismos, pero no me quedaría corto si digo que pasa el millar de millones de euros. Lo que está claro es que nuestros partidos políticos, sobre todo, pero también las organizaciones sindicales y empresariales están hiperdimensionados y mantienen organizaciones poco eficientes.
Según estimaciones hechas por la UE, España se ha consolidado como el primer país de la Unión Europea por número de políticos y altos cargos de designación política. La cifra podría superar los 400.000 en activo si se incluyen asesores, cargos de confianza, CCAA, diputaciones, mancomunidades, comarcas, empresas públicas. Duplicamos el número de políticos de Italia y Francia y cuadruplicamos el número de Alemania, todos ellos países con más habitantes que el nuestro. Son diputados, senadores, alcaldes, concejales, miembros de los parlamentos autonómicos o de las diputaciones provinciales, de las mancomunidades, de las empresas públicas, representantes no oficiales en el extranjero… y así un larguísimo etcétera.
Sumemos a todo lo dicho hasta ahora que, según el informe “Los costes de la corrupción en la UE”, confeccionado por el grupo parlamentario de Los Verdes para el Parlamento de la Unión Europea (UE) en el año 2018, se estimaba que la economía europea pierde 904.000 millones de euros debido a la corrupción. El gajo de esa tarta que se asignaba a España era de 90.000 millones de euros más del 8% del PIB. Por otro lado, no hace mucho, un estudio del estudio del Instituto de Estudios Económico (IEE), concluía que el Estado español podría reducir su gasto público en un 14% ofreciendo el mismo nivel de servicios públicos si mejorara su eficiencia. Es decir que estamos gastando de manera superflua unos 60.000 millones de euros. Vayan ustedes sumando, a mí me da vértigo. Pero lo peor de todo es que para esa desastrosa e ineficiente gestión tenemos un Estado cada vez más obeso y grasiento.

Estas son solo dos de las rémoras que lastran nuestro desarrollo económico y la calidad del sistema político y que, además, están interrelacionadas. Además, como media nuestros generosos gobiernos vienen concediendo unos 14.000 millones de euros en subvenciones varias. Aunque, con motivo de la pandemia y de la consiguiente crisis económica esa cifra prácticamente se ha duplicado. Ese dinero que, en principio, está sujeto a controles de legalidad, no lo esta a la rendición de cuentas, por lo que la trasparencia y trazabilidad brilla por su ausencia.
MALAS FORMAS Y MANERAS
Al observar las formas de hacer política de nuestros gobernantes y representantes en general veo serias carencias. Son escaseces que les impiden planificar a medio y largo plazo las medidas necesarias para los retos importantes que deberá afrontar nuestra Nación en el futuro, por ejemplo el reto demográfico, uno de los mayores que tenemos y que es consecuencia de una desatención irresponsable de otra serie de problemas. Tampoco veo en ellos un gran amor por el trabajo constante y racional, más bien veo en ellos el vicio del trabajo apresurado, a salto de mata, para satisfacer sus necesidades electorales o las deseos de un líder excesivamente ególatra y caprichoso. Por supuesto, el esfuerzo solo se les ve de vez en cuando, sus ideas u opiniones cambiantes normalmente expuestas en X, donde solo se pueden expresar con un límite de caracteres es ejemplo de ello. Si hablamos de confianza en el equipo, ya vemos como son las fidelidades y lealtades en los momentos difíciles de un partido o las reacciones de los aspirantes contrariados. Tampoco veo un ideal que, por encima de todos, una sus voluntades y las nuestras. No los veo capaces de apartar diferencias falazmente llamadas ideológicas, para caminar juntos por la consecución de los objetivos imprescindibles para el bien de nuestra nación.


En resumidas cuentas, quiero decir que estamos en el tiempo de descuento en asuntos clave, que están por encima de la pequeña y torticera política. Temas como el problema demográfico español, el paro, la estructura productiva, la educación y la investigación, por ejemplo, deberían ser prioritarios. Para atender a ellos debidamente, los responsables políticos no pueden dispersarse, no se deben dejar distraer o chantajear con reivindicaciones separatistas que están fuera de tiempo, de lugar y de la Constitución. Como tampoco deben pactar con quién las sostenga, a cambio de conseguir un precario apoyo parlamentario. Ni con aquellos que han transformado su ideología en una mezcla de difusas y fluidas reivindicaciones de minorías parasitas, que fluyen alegremente hasta que encuentran la felicidad de un ministerio o una dirección general. Aprovecho para insistir en la necesidad de modificar la ley electoral actual, que proporciona a los grupos separatistas una sobrerepresentación que aprovechan para ejercer un constante chantaje a los timoratos gobiernos de la Nación.
CAMBIO SISTÉMICO
En los pueblos tienen un dicho que define perfectamente lo que se precisa en estos momentos: “HAY QUE SEPARAR EL GRANO DE LA PAJA”. Están obligados a identificar los principales problemas de la nación y llegar a acuerdos de Estado que procuren soluciones con carácter de permanencia. Tienen que ponerse ya manos a la obra, logrando un consenso que permita, planificar a largo plazo políticas públicas bien diseñadas y financiadas, dirigidas, ejecutadas y permanentemente controladas mediante el trabajo constante y el esfuerzo de equipos bien coordinados, que no desvíen su atención del objetivo que se debería pretender lograr a largo plazo: una nación con más igualdad, unidad y justicia y, además, demográficamente más equilibrada.
Teniendo en cuenta las cantidades de dinero despilfarradas, de las que hablaba al principio de este artículo, el esfuerzo económico para lograr ese objetivo no sería tal. Nos jugamos mucho, nada menos que una situación demográfica equilibrada y alcanzar (o mejorar) y sostener el Estado “Social” y “de Derecho” en una Nación unida.
Para alcanzar ese objetivo, un amigo mío me suele recordar que la solución no está en cambiar puntualmente este o aquel aspecto defectuoso de nuestro sistema político. Él cree que la solución está en un “CAMBIO SISTÉMICO”. Pero ¿eso qué es? Para intentar ser escueto y, a la vez, ser claro solo voy a dar algunas pinceladas de lo que yo interpreto como un cambio conducido por el pensamiento sistémico, que se contrapone al tradicional sistema lineal de analizar los problemas. Este sistema lineal de concatenaciones causa efecto cuenta con unos parámetros y herramientas diseñados para manejar la complejidad de unos problemas en los que hay demasiadas variables y se pierde, por lo tanto, en la complejidad de los detalles.
El pensamiento sistémico, sin embargo, permite simplificar la complejidad de un sistema y comprender su estructura y comportamiento. Es un enfoque que fija su atención en las totalidades, en lo global, en las interrelaciones de las partes, en la empatía entre ellas y en detectar los patrones de cambio. En la actualidad es una manera muy conveniente de abordar el estudio de las organizaciones y, no digamos, de los sistemas políticos, dada su complejidad actual. En éstos sistemas hay que fijarse en la complejidad dinámica, no en la de los detalles de situaciones en las que las relaciones causa efecto son muy sutiles y los efectos de cualquier intervención a través del tiempo pueden no ser evidentes, porque pueden producir efectos diferentes a corto y a largo plazo y, además, pueden tener consecuencias distintas dependiendo del ámbito al que afecten, local o global.
En la crisis global, sistémica, en la que estamos, con todas sus partes, la social, la económica, la política, la ambiental, etc., interrelacionadas, un cambio sistémico tendrá que ser provocado por unos pocos cambios estratégicos, focalizados en las partes apropiadas del sistema de manera que, alterando la posición y las características de algunas pocas de las partes, se produzca un cambio sistémico.



LAS PALANCAS DEL CAMBIO
Por eso, pensando en el sistema político español, con los dos problemas mencionados al principio y algunos más, no le vendría nada mal, al menos un par de cambios que resultaran ser esas palancas que, aplicadas adecuadamente, conduzcan a un necesario cambio sistémico, holístico, global o como se le quiera llamar. Un cambio que afectara tanto a las cuestiones medioambientales, como a la recuperación del tejido industrial que nuestros capitalistas han decidido relocalizar aprovechando la mal entendida globalización o al abandono de la concentración de la población en grandes urbes, entre otras cuestiones.
Apuesto, entonces, por dos palancas:
- El cambio del sistema electoral, incluyendo unas herramientas para la mayor participación ciudadana en las decisiones políticas clave, como son las iniciativas legislativas populares y los referéndums.
- Una apuesta decidida y contundente por invertir en I+D+i, en tecnología y en educación.
Admito que se podrían mencionar algunas más, pero se trata de focalizar el esfuerzo en pocas palancas que, por su trascendencia, sean capaces de remover al sistema entero. Un movimiento que nos libre de tanto parásito, perroflauta e ineducado, con carné de partido y ansia por ver pasar la vida desde su sillón, mientras el pueblo se desloma y paga sus insólitas ocurrencias y su fácil vida.
Pero, lo complicado va a ser que se apliquen esas palancas y se ejerza sobre ellas la fuerza necesaria para mover algo. Porque, la capacidad de resistencia de la que ha hecho gala Pedro Sánchez y de la que ha presumido en alguna de sus publicaciones, podría lograr que las palancas se pierdan o que quiebren. Un decepcionante resultado al que seguramente contribuiría buena parte de la élite política, que posee la virtud de saber mirar para otro lado en los momentos clave, no vaya a ser que pierda su oportunidad de medrar, por remota que sea.

Por eso nos encontramos en una situación similar a cuando hay que retirar una gran roca que impide que avance del trazado de un camino; inicialmente los peones utilizarán algún tipo de palanca pero, cuando la roca es muy pesada y está muy incrustada, suele aparecer un señor con unos pequeños petardos que, colocados sabiamente, remueven esa mole lo justo y necesario para que las palancas puedan cumplir su misión.
1 comentario en “LAS PALANCAS DEL CAMBIO”
Incuestionable tu análisis del problema, estructural a mi parecer, que debería hacernos reflexionar si es válido aquello de » una persona, un voto». Una verdadera democracia no se válida porque un gran número de papeletas ( en su mayor parte manipuladas), anule a un número de papeletas preparadas para la noble tarea de gobernar.