Me había propuesto dejar para septiembre los artículos de los domingos. Tengo pendiente tratar del Título VIII de la Constitución, del reparto territorial del poder del Estado y no me olvido. A la vuelta a casa lo abordaré, de momento la poca cobertura de datos, un problema más relacionado con la despoblación en el medio rural y lo relajante del lugar me invita a tomarme un descanso.
Pero voy al final voy a publicar un último artículo este mes de agosto. Lo hechos que están ocurriendo y que tienen como protagonista principal al Rey emérito Juan Carlos I, han despertado en mí una gran indignación y no puedo dejar de expresar mi opinión. No lo hago porque sea monárquico, que no lo soy, ni para volver a la polémica de monarquía o república, no se trata de eso ahora. Ya dejé clara mi postura en algún artículo anterior, no vale la pena perder el tiempo en discutir si es mejor o peor tener un presidente florero o un monarca sin capacidad ejecutiva alguna. Otra cosa sería establecer comparaciones con los presidentes de las repúblicas presidencialistas. Pero vayamos a lo que ahora nos ocupa.
Miguel de Cervantes puso en boca de Don Quijote estas acertadísimas y premonitorias palabras dirigidas a su escudero:
“Querido Sancho: compruebo con pesar, como los palacios son ocupados por gañanesy las chozas por sabios. Nunca fui defensor de los reyes, pero peores son los que engañan al pueblo con trucos y mentiras, prometiendo lo que saben que nunca les darán. País este, amado Sancho, que destrona reyes y corona piratas, pensando que el oro del rey será repartido entre el pueblo, sin saber que los piratas solo reparten entre piratas”
Después de tanto tiempo, siglos, algunos españoles, demasiados, no han aprendido nada. Después de tantos avatares ya deberían haber asimilado la importancia de respetar las reglas del juego democrático, como las que nos dimos los españoles en el año 1978 y que son las únicas que, por ahora, nos pueden mantener a salvo de esos piratas de los que habla Cervantes. Tampoco parecen haber aprendido que la ignorancia no exime del cumplimiento de las leyes.
Nuestra Constitución, máxima norma de nuestro ordenamiento legal, establece que la forma del Estado español es la Monarquía Parlamentaria. En aquel momento se tomó esa decisión y el pueblo la refrendó con una amplísima mayoría. Igualmente determina cuales son los procedimientos para modificar cualquiera de los principios y fundamentos fijados por ella, si las generaciones siguientes decidieran emprender un cambio.
Sin embargo, parece que, por parte de algunos poderes nada democráticos y muy influyentes, se ha decidido apoyar una manera tangencial de producir esos cambios y hacerlo ignorando las leyes y la Constitución. Lo están haciendo a base de financiar a ciertas fuerzas políticas y a políticos en particular, a medios de comunicación y a periodistas en concreto, a pseudo intelectuales con plaza fija en las tertulias más aburridas y a generadores de opinión obedientes, que llevan a cabo una concienzuda labor de adoctrinamiento en algunos casos y de anestesia social en otros (no hay más que ver la guía de programas emitidos en las principales cadenas de televisión) sobre un pueblo al que mantienen engañado desinformado y exprimido.
Al cabo de los años, esa concienzuda labor ha dado sus frutos, ha logrado un extraño fenómeno: “una máxima concentración de tontos”. Esto quiere decir que, si entra un tonto más por Cartagena, habrá otro que caerá al mar en La Coruña. No caben más.
Al final, aquellos poderes a los que me he referido antes han logrado tener en el gobierno de nuestra nación a sus títeres preferidos: los más tontos y los más inmorales. Fáciles de manejar, pero ávidos de poder sin control. Por eso, a estos personajillos, los titiriteros les cortarán los hilos con los que les hacen bailar tarde o temprano y los dejarán cae. No lo duden. Ya encontrarán muñecos de recambio, mientras no reaccionemos y exijamos el respeto a las reglas de la democracia. Entre tanto, estos tontos útiles están siguiendo al pie de la letra los dictados de esos poderes que quieren acabar con los Estados-Nación y con todo lo que pueda constituir un obstáculo en el camino hacia su control social y económico global.
En ese contexto, nuestro gobierno y los grupos de diverso pelaje que le apoyan se han aplicado en hacer del Rey emérito una víctima propiciatoria, es una más, no la primera, de una serie de tropelías que iniciaron al poco de llegar al gobierno. Ahora le ha tocado a él. Como ignorantes y malhechores que son, les importa un pimiento la presunción de inocencia y cualquier otra consideración que pudiera tenerse a favor del Rey Juan Carlos I, que las hay. Ellos han dictado sentencia previamente, a la manera chequista, teniendo solo en cuenta los errores que haya podido cometer, algunos de ellos como consecuencia de haber mantenido amistad con reyes y dirigentes de países poco o nada democráticos, que le han podido hacer regalos o invitado a cacerías. Pero la presión a la que han sometido al Rey emérito y que ha producido su “exilio” (vergonzosa palabra en un país que presume ser un Estado de Derecho), no es más que un pequeño ensayo, ellos quieren a acabar con la forma de Estado establecida en la Constitución: la Monarquía Parlamentaria. Y para ello pretenden hacer una salida por la tangente o provocar un proceso que, evitando el proceloso camino de la revisión de la Constitución, llegue al establecimiento de una república.
No se van a parar ahí, después de cobrar esta pieza irán a por Felipe VI y después a establecer, a la brava, una república. Algunos la desean “popular”, aunque eso puede que no sea del gusto de sus titiriteros y entonces se acabe su aventura. Ya se verá. Mientras, por el camino, se habrán cargado el Estado de Derecho, la Constitución y se habrán pasado por el arco del triunfo la soberanía del pueblo español, previamente anestesiado.
De alguna manera hay que parar esta peligrosa deriva y ahora teníamos la primera ocasión. Pero no he visto ni oído a ninguno de los muchos beneficiados por las innumerables gestiones efectuadas por el Rey Juan Carlos I levantar una voz en su defensa, por lo menos para solicitar para él el derecho a la presunción de inocencia y a un proceso justo, no a un linchamiento barriobajero e irracional. Tampoco he visto salir en su defensa a esos políticos que hace años estaban tan satisfechos con su labor y con su defensa del sistema democrático. De esta manera, si no hay quien ponga pie en pared, estos ignorantes que nos gobiernan no van a parar en su labor de destrucción de nuestro sistema, de esta manera no vamos a conseguir que lo que haya que cambiar se haga de manera legal, pacífica y ratificada por el pueblo.
No soy monárquico, ya lo he dicho y repito, pero lo que se está haciendo con el emérito es una zafiedad. Si estos personajes que nos gobiernan quieren cambiar la forma del Estado, deben seguir lo establecido en las leyes que democráticamente se ha establecido en España, sin recurrir a vías alternativas, ni a cobardes linchamientos. Tienen que darse cuenta que ellos no son precisamente los que pueden tirar la primera piedra y a ellos les puede llegar el momento de ser sometidos a situaciones similares o peores, si abren tan gratuitamente la caja de los truenos, si invitan tan alegremente a saltarse la ley. Entre ellos los hay que prefieren un proceso revolucionario, pero no acaban de atreverse porque saben que saldrían trasquilados. Por esa cobardía emplean métodos ruines amparados en un poder que les ha llegado regalado por lo peor de nuestra casa. A mi también me gustarían ciertos cambios que incluso podrían calificarse como de revolucionarios, pero nunca actuaría de esta manera tan zafia y rastrera.
LUIS BAILE ROY
2 comentarios en “SABIOS Y GAÑANES. REYES Y PIRATAS”
Bravo, ya somos dos que opinan lo mismo
👍👍👍De acuerdo contigo.🇪🇦🇪🇦👏