EL CORONAVIRUS NOS HA HECHO VOLVER LA MIRADA A NUESTROS ABUELOS
Dentro de poco cumpliremos tres semanas de confinamiento. Algunos dicen que son medidas de distanciamiento social, pero yo creo que en la sociedad sufriente cada vez estamos menos distanciados. Aunque se está extendiendo la idea de que los ciudadanos estamos en manos de unos políticos muy poco preparados, menos eficientes y aún menos honorables, observo una sociedad que está dando muestras de una gran y espontánea solidaridad y de una paciencia que tendrá límites pero que, de momento, nos saca todos los días las 8h a los balcones y ventanas a darnos unos a otros ánimo y aguante .
Esta no es una crisis cualquiera, sus consecuencias no serán como las de la crisis del 2008. No habrá movimiento de indignados como el del 15 M, diluido por la comodidad de unas cuantas poltronas. Tampoco habrá muchos que sigan creyéndose las palabras de aquellos a los que les ha crecido tanto la nariz que ya van jorobados. Por supuesto que pocos pensarán en el perdón para tanta irresponsabilidad e inutilidad.
Y, aunque no lo crean, no solo me refiero a nuestro país. A nuestro alrededor los hay en similares circunstancias a consecuencia de las mismas o parecidas irresponsabilidades e ineficacias. Pero tengo que reconocer que hay naciones cuyos dirigentes han sabido responder a tiempo y con contundencia a lo que se veía venir. El truco, todos lo sabemos, estaba en la anticipación y en la tecnología, es decir en la detección temprana de portadores mediante un masivo uso de los test de diagnóstico rápido, en el inmediato aislamiento obligatorio de los casos detectados y el control mediante aplicaciones telemáticas de la situación de los contagiados y de sus contactos. Todo ello para alguno supone un ataque a las libertades y derechos tan duramente conquistados. Y yo me pregunto, tan duramente conquistados ¿por quién? Seguramente los que los han conquistado, o los que saben cuándo y cómo se conquistaron, hubieran sido los primeros en aplicar esas medidas que suponen una merma de las libertades individuales en aras de un bien mayor: la vida. Dejemos que por un tiempo la oxidada balanza que sopesa la libertad y la seguridad se incline del lado de esta última. Ya habrá luego tiempo para seguir con nuestras vidas más o menos libres, o más o menos controladas e intervenidas por intereses menos nobles que preservar la vida.
Esos que se sienten tan vilipendiados por las medidas que tarde o temprano se han tomar en esta situación, puede que no se hayan dado cuenta de algo mucho peor y realmente triste. Hay países, y comunidades en España, que están dando la última prioridad en las atenciones sanitarias e ingresos hospitalarios a personas mayores, a nuestros abuelos. La saturación de nuestros hospitales y nuestras UCI,s obligan a tomar medidas extremas, sin lugar a duda. Una vez que la falta de previsión, la demora en tomar decisiones difíciles y la mala gestión logística han hecho mella en nuestro sistema sanitario, no hay más remedio que adoptar medidas duras que afectan de manera más directa a las personas mayores. Pero no nos olvidamos de que la causa de esta discriminación es la falta de previsión y la pésima gestión.
Pero ¡por Dios! cómo no se dieron cuenta a tiempo de que los abuelos que están en las residencias de mayores, públicas, privadas o mediopensionistas y el personal que los atiende, como población de máximo riesgo, debían de haber sido todos sometidos a test de diagnóstico, para poder aislar a tiempo a los portadores y preservar al resto de ese virus tan contagioso. Claro que si nuestros gobernantes hubieran pensado en todo ello, después tenían que pensar en qué lugares adecuados tenían disponibles para aislar a los abuelos contagiados y también con qué personal podrían contar para cuidar de ellos. Eso es demasiado pensar para quien no esta acostumbrado a hacerlo y menos para los que no están acostumbrados a pensar en como hacer el bien sin mirar a quien. El ejemplo de responsabilidad y buena gestión, como casi siempre, lo dan personas que ponen toda su inteligencia y corazón al servicio de los demás, como hicieron los directores de dos residencias en Cataluña, los cuales sometieron a sus centros a un concienzudo aislamiento, además organizaron la adquisición de material de protección (mascarillas FFP2, guantes, chubasqueros, etc.) para el personal del centro y para las visitas de familiares y consiguieron que el virus no pasara de la puerta.
El hecho es que ahí están nuestros mayores, los que seguramente si saben el precio de la libertad y conocen perfectamente el valor de la seguridad. El hecho es que ellos son uno de los grupos más afectados por el virus y el que mayor índice de mortalidad está soportando. El hecho es que nuestra sociedad, que ha logrado alcanzar un nivel de confort y bienestar (últimamente algo rebajado) nunca antes conocido por estos contornos, ha establecido una tupida red de residencias de mayores en la que tener, más o menos atendidos, a nuestros abuelos. Pero también es un hecho que, en su mayoría, los abuelos quieren quedarse en su casa, en la que tienen sus recuerdos, sus rincones y su vida entera y quieren seguir compartiendo su vida con la familia (1).
Cuando salen de su casa por propia voluntad es porque ya no disponen de medios para subsistir, ni familia a la que recurrir. En ese caso seguramente una residencia supondrá para ellos un alivio que agradecerán hasta el final y las administraciones deben responder a esa necesidad de una forma exquisita. Cuando van a la residencia, forzados por las circunstancias, lo hacen por no molestar a la familia, o porque ellos han llegado al convencimiento de que ya no pueden vivir solos, de que son demasiados los riesgos que asumirían quedándose en su casa, que es donde quisieran seguir.
Nuestros abuelos, que han sacado adelante a la familia en tiempos muy difíciles y han contribuido al progreso de la sociedad, se encuentran ahora con que ésta impone un ritmo de vida tan frenético y unas costumbres tan materialistas e individualistas que, a menudo, no deja lugar para que la familia atienda a sus mayores, aun queriéndolo hacer. Soluciones y posibilidades para soslayar esos obstáculos siempre es posible encontrar, unas supondrán mayor sacrificio que otras, pero todas darán la satisfacción de ver a nuestros abuelos más felices acompañados de sus seres queridos. Y en esa labor las administraciones no pueden hacer mutis por el foro pensando que con una escasa red de residencias y unas parcas ayudas a la dependencia es suficiente. Hay que ser algo más imaginativo y pensar en la forma de ayudar a que los abuelos permanezcan en su casa el mayor tiempo posible, con ayuda de la familia o de personal especializado en ese tipo de compañía y cuidados. Para las personas mayores su casa, sus familiares, sus vecinos, su pueblo, su barrio con sus plazas, tiendas y bares suponen un entorno seguro y entrañable. Sacarlos de ahí, sin extrema necesidad, es salir a la aventura y a su edad no creo que sea lo que estén buscando.
(1) https://elpais.com/sociedad/2020-04-03/las-residencias-que-vieron-venir-el-virus-y-lo-pararon-en-la-puerta.html
LUIS BAILE ROY



5 comentarios en “A NUESTROS ABUELOS”
Que razón tienes , parece que los olvidamos y son los que nos formaron en lo que somos
Estoy de acuerdo, la sociedad que hemos creado no entraban los ancianos, esperemos sacar algo positivo y reflexionar ya que todos nos hacemos viejos, si no el poder tenerlos en su casa al menos centros dignos, que el estado no nos deje tirados como ha,sucedido
No es una pena,, es una lástima y vergüenza para todos nosotros. Tengo que escribir una cosa, :A Cada CERDO le llega su San Martín,,
🐖🐷🔪🔪
Los socios de gobierno ya llevaban días manifestando que sobraban los viejos.
Los ancianos están siendo las víctimas de esta crisis, porque las residencias donde malviven, se han convertido en una trampa mortal. Como dices, el problema viene de antes del corona virus.