En julio de 1944, en Breton Woods, se llegó a un acuerdo entre las 44 naciones más industrializadas del mundo de entonces, por el que se establecía la paridad de las distintas monedas y el oro, siendo el dólar la moneda de referencia para el resto de las divisas. Entonces en Estados Unidos se concentraba casi el 50 % del PIB mundial, teniendo solo el 6,8 % de la población total del mundo, por lo que aquel acuerdo, que también propugnaba la liberación del comercio mundial, colocaba a EE. UU. en una posición privilegiada tanto para asegurar sus exportaciones, como para el acceso a materias primas vitales para su desarrollo industrial. Pero para mantener esa privilegiada posición Norteamérica debía contar con sus aliados y socios comerciales, además de asegurar el dominio geoestratégico en las áreas de interés.
El 15 de agosto de 1971, el presidente Richard Nixon, dada la insostenible situación económica y financiera por la que atravesaba EE. UU., debida a la sangría que le estaba suponiendo la guerra de Vietnam, tuvo que acabar con la conversión del dólar en oro y recurrir a una devaluación de su moneda. Se acababa el orden financiero global iniciado en Breton Woods y comenzaban los problemas para la preeminencia del dólar.
No obstante, Norteamérica se ha mantenido como la principal potencia mundial prácticamente desde el final de la I GM. Lo fue en un mundo bipolar hasta 1989 y, después en el mundo unipolar, una vez desaparecida la URSS. Su preeminencia se ha debido, en parte, a la influencia de las ideas de Zibgniew Brzezinski, un personaje decisivo en la elección de las líneas maestras de la política exterior estadounidense. En su libro El Gran Tablero Mundial: La Supremacía Estadounidense y sus Imperativos Geoestratégicos, escrito en 1977, desarrolla de una integral geoestrategia de Estados Unidos hacia Eurasia, apoyándose en la teoría de la “Isla Mundo” (Heartland Theory) de Halford Mackinder, posiblemente el padre de la geopolítica moderna.
Para lo que ahora nos interesa, quiero resaltar esta cita de Brzezinski:
“Todos los retadores políticos y/o económicos potenciales a la primacía estadounidense son euroasiáticos. Acumulativamente, el poder de Eurasia eclipsa ampliamente al de Estados Unidos. Afortunadamente para Estados Unidos, Eurasia es demasiado grande para ser políticamente una”.
En 1977 Eurasia (Europa, Asia y Oriente Medio) ya suponía el 60 % del PIB mundial y contenía el 75 % de los recursos energéticos del mundo. Entonces la Unión Soviética controlaba Europa oriental, Siberia y parte de Asia Central. Cuando cayó el muro de Berlín no había llegado a controlar la totalidad de lo que Mackinder denominaba “el Corazón Continental” de Eurasia. La URSS perdió su oportunidad.
Tras la caída del muro y la disolución de la URSS, EE. UU. emergió como primera potencia “no euroasiática” en un mundo ya unipolar. Llegado ese momento, según el planteamiento de Brzezinski, para mantener esa posición de predominio estadounidense, había que impedir, a toda costa, que ninguna nación euroasiática, sola o en alianza con otra u otras, pudiera llegar a dominar Eurasia, porque ello supondría controlar África, Sudamérica y Oceanía.
Como si hubiera visto el futuro en una bola de cristal, Brzezinski sugirió también que, sin Ucrania, Rusia nunca sería un Imperio euroasiático, pudiendo sólo aspirar a ser un imperio asiático. Pero advertía que con Ucrania podría convertirse en el poder imperial de Europa y Asia porque:
“Con sus 52 millones de habitantes y grandes recursos, como también su acceso al Mar Negro, Rusia automáticamente gana de nuevo los medios para convertirse en un poderoso poder imperial, abarcando Europa y Asia”.
Ambas advertencias de Brzezinski están siendo corroboradas por los hechos. Por un lado el prudente acercamiento entre Rusia y China en el marco de la Organización de Cooperación de Shanghái (OCS) lo atestigua. La OCS engloba a Rusia, China, Kazajstán, Uzbekistán, Kirguistán y Tayikistán y trata de incorporar a India, Irán, Pakistán y Mongolia. Inició su recorrido, con un perfil bajo en 1995, como el denominado “Club de los Cinco”, impulsado por China, como contrapeso económico negociador a las potencias occidentales. La guerra de Eurasia se inició con la primera guerra de Irak, siguió con la guerra de los Balcanes y con el intento de control de la franja estratégica que va hasta Pakistán, la región con las mayores reservas hidrocarburos y minerales estratégicos del planeta.
Desde entonces, el también conocido como Club de Shanghái, abandonó el bajo perfil con el que empezó, para hacer grandes despliegues mediáticos, ejercicios militares conjuntos entre Rusia y China y el incremento de relaciones económicas entre países de la organización y sus vecinos, lo que suponía una cierta frialdad en las relaciones económicas con EEUU y la UE. La precipitada salida de Afganistán ha dejado en manos de China, el socio mayoritario de la OCS, ese territorio de gran importancia estratégica.
Por otro lado, el actual conflicto de Ucrania confirma que, como decía Brzezinski, esta nación es un objetivo geoestratégico de primer orden para Rusia. Mantener a Ucrania dentro de la esfera rusa es un paso imprescindible para el control de Eurasia y de la “Isla Mundo” de Mackinder. Para desgracia de ella, Ucrania es el terreno donde EE. UU. y Rusia (acompañada de otros) se están jugando su futuro como poder imperial.
No podemos olvidar, además, que Ucrania es un bocado apetitoso porque posee gran cantidad de “tierras negras”, particularmente fértiles, que suponen prácticamente un tercio de la tierra productiva de la UE. Ucrania es el tercer exportador mundial de maíz y quinto de trigo, en la campaña de 2018/19 exportó 6,5 millones de toneladas de aceite de girasol. Es también uno de los escasos lugares, a parte de China, cuenta con una significativa cantidad de “tierras raras”.
En 2016 Brzezinski cambió su discurso favorable al expansionismo estadounidense, para aconsejar un planteamiento racional, con el fin de minimizar los conflictos futuros, evitar una conflagración nuclear y preservar “el sistema del dólar”. Pero quizá hizo esa recomendación demasiado tarde.
Puede que todo hubiera sido diferente si los Secretarios de Estado norteamericanos hubieran seguido la recomendación que George F. Kennan, otro famoso e influyente experto en geopolítica norteamericano y que fue embajador en la URSS, hizo en 1947:
“…el elemento principal de cualquier política de los EE. UU. hacia la Unión Soviética debe ser el de una contención paciente en el largo plazo, pero firme y vigilante de las tendencias expansivas rusas…”
Obsérvese que hablaba de una contención y no de expansión como sugeriría después Brzezinski. Es más Kennan, 50 años después, publicó un artículo breve en el que señalaba que:
“expandir la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) sería el error más fatídico de la política estadounidense en toda la era posterior a la Guerra Fría“.
Por eso podemos pensar que la causa del actual conflicto entre Rusia y EE. UU. (o la OTAN) en Ucrania puede estar en el intento de convertir a esa nación en una barrera defensiva frente a Rusia, en una “contención desproporcionada e impaciente”. EE. UU. rechaza para Rusia una “Doctrina Monroe” que ellos siempre han hecho respetar, aun sabiendo que para Rusia es incuestionable una Ucrania dentro de su esfera de influencia o, por lo menos, neutral.
Como, por razones evidentes, no se quiere llegar a un enfrentamiento militar directo, EE. UU. y varias naciones occidentales, entre ellas bastantes de la irrelevante UE, están proporcionando armas y ayuda humanitaria a Ucrania, mientras le aplican sanciones económicas a Rusia. El problema es que, aunque estas sanciones puedan deteriorar la ya de por sí maltrecha economía rusa, hay una gran parte del mundo, la mayoría, que no está por la labor de seguir ese camino. Es más, China, además de ayudar por la puerta trasera, está pagando en oro el petróleo y el gas que importa de Rusia, cosa que le viene de maravilla a este país para incrementar sus reservas de oro y poder revalorizar un rublo que había empeorado su paridad frente al dólar.
Por otra parte la mayoría de los países de UE, pero sobre todo Alemania, no pueden, de momento, prescindir del gas procedente de Rusia, por lo que Rusia, para responder a sus sanciones, les exige el pago del gas en rublos o bien en oro. Curiosa maniobra, la de la incrementar las reservas de oro, que también están practicando China y la India. Con esa maniobra están volviendo a referenciar sus monedas al patrón oro y, en el caso de Rusia, logrando revalorizar su moneda. Es un ataque más de esta guerra híbrida que algunos llaman la III GM, un ataque al dólar, que luego se dirigirá al euro con toda seguridad. Es un ataque a la globalización impuesta por occidente y sus influyentes “teramillonarios”. Como dice el profesor Alfredo Jarife es una muestra más de la lucha que enfrenta al globalismo y los soberanismos.
China, mientras tanto, ayudará a Rusia a no desmoronarse, porque no le interesa que eso suceda, de momento. Está callada y cuestionándose si éste es un momento adecuado para hacerse con Taiwán y acabar cumpliendo su “principio de Una China”. De paso liderará el ataque al dólar, en su obsesión por acabar con el predominio estadounidense, pero con exquisito cuidado para no perjudicar sus elevadísimas exportaciones a las naciones occidentales que, desde hace mucho tiempo, le han estado llevando gran parte de sus medios de producción, por aquello de aprovechar las inmejorables condiciones que China ofrecía, en lo que al factor trabajo se refiere para la lógica capitalista.
Por aquí cerca, seguimos con nuestra particular guerra, teniendo que soportar la mentira como forma de relación entre gobernantes y gobernados. Nuestro gobierno continua con el exagerado descuido de nuestras cuentas, llevándonos a una deuda pública de nivel escandaloso, subvencionando todo tipo de descabellados despropósitos y gastando en lujos absolutamente eludibles, mientras que ocupamos la primera posición en el índice de miseria[1] entre los países de la OCDE, con una puntuación de 19,83, superando a Grecia y a Italia. Pero de todo eso hablaremos pronto.
Zaragoza, 3 de abril 2022
LUIS BAILE ROY
[1] El índice de miseria fue creado por el economista Arthur Okun para ofrecer una visión de la situación económica de un población afectada por altos niveles de inflación y desempleo.

1 comentario en “A VUELTAS CON EL ORO DE MOSCÚ”
Futuro incierto nos espera.
Espero sepamos elegir el bando correcto.
Yo lo tengo claro . Apuesto por la libertad.
Un abrazo Luis