¡FASCISTA! NO SE LO QUITAN DE LA BOCA
Había pensado escribir algo sobre el fascismo, sus características, su preferencia por la acción antes que las ideas, sus semejanzas y diferencias con el nacionalsocialismo, etc. Menos mal que me he dado cuenta de que, con un artículo medianamente serio sobre ese tema, podía aburrir soberanamente al personal que está continuamente siendo bombardeado con información (normalmente barata y estereotipada) al respecto. Desde que la izquierda le ha visto las orejas al lobo en la Comunidad de Madrid no ha hecho más que sacar del sarcófago al fascismo, a ver si de esa manera consigue dirigir los miedos de la gente hacia otro lado.
Este método es recurrente, lo utilizan para satanizar a todo aquel que no se muestra de acuerdo con sus postulados, sobre todo cuando se trata de las nuevas banderas que enarbola la izquierda caviar, las que fueron levantando cuando la rentabilidad de mantener viejas fue decayendo, aunque también esas les siguen sirviendo para demonizar a quien sea.
Tal y como plantean las cosas estos chicos de la nueva “gauche divine” resulta que, cuando defiendo la ganadería extensiva, tan sana y beneficiosa ella, sobre todo la que se traslada recurriendo a la tradicional trashumancia, estoy cometiendo un imperdonable pecado porque las pobres vacas se tiran pedos, si pedos muy contaminantes. Por ello dicen que estoy en contra de esa cosa tan progre que llaman Agenda 2030 y, por lo tanto, estoy en planteamientos anti globalistas pseudo fascistas. Pero es que, además, me gusta la carne y con ello acabo de rematar la faena, por lo que automáticamente desaparece el prefijo pseudo para ser tachado de fascista sin más, porque ahora lo que se lleva es la carne cultivada.
Pero eso no es nada, porque hay que ver como se ponen cuando defiendo que en los colegios e institutos hay que primar el esfuerzo, el estudio y el mérito para ser justos en unas calificaciones que podrán influir en su futuro. Me cuentan, entonces, que esta es una postura elitista propia del fascismo, ¡toma ya! No les vale lo que supone la igualdad de oportunidades que ofrece un Estado en el que la enseñanza es gratuita, además de obligatoria hasta cierta edad. Ese hecho no les es suficiente, argumentan ellos que el entorno del niño o adolescente tiene una influencia definitiva y, por lo tanto, es necesario rebajar el nivel mínimo exigible para la superación de los diferentes niveles educativos. No reparan en que, salvo casos extraordinarios de entornos que merecerían la intervención de los servicios sociales, no existen hoy día demasiadas escusas para no dedicar el tiempo necesario al estudio, en casa o en bibliotecas públicas, para obtener buenos resultados en la escuela, a menos que se pierda el tiempo con los videojuegos y las redes sociales.
También les resulto fascista cuando abogo por una universidad estatal gratuita porque, según ellos, estoy manifestando una nostalgia por ese Estado todo poderoso, anulador del individuo, propio del fascismo (como si ellos no lo añoraran). Cuando les explico que la universidad que desearía es una que ofreciera titulaciones habilitantes, sin recurrir al mercadeo de los master, que suponen una sangría económica para las familias y, en algunos casos, simplemente un fraude, entonces me acusan de adoptar una postura fascista antieuropeísta, de rechazo a los acuerdos de Bolonia para la enseñanza universitaria europea. ¿Vaya empanada que llevan! Quién ha visto y quién ve a esa izquierda reivindicativa del Estado fuerte y penetrante.
La simple insinuación de que la gestión de la pandemia ha sido desastrosa, de que el actual gobierno ha demostrado una incapacidad pasmosa, les provoca de tal manera que su tono de voz se eleva cuando sale de su boca la palabra fascista. Pueden llamarme lo que quieran, pero el resultado de su engolado “mando único”, o del posterior abandono de este, ha sido alcanzar una de las tasas de defunciones más alta del mundo. Aunque tengo que reconocer que a ciertos personajes, amigos de la oportunidad y de ciertos altos cargos, les ha ido mejor y hasta han hecho fortuna.
Una reacción del mismo calibre les provoca cuando manifiesto mi disconformidad con la ley de violencia de género. En principio porque el género es una cuestión gramatical y no hay que confundir la gramática con el discurso y, en segundo lugar, porque la ley se pasa por el forro de la levita la presunción de inocencia, violentando un principio jurídico esencial. Es cierto que la mujer ha sido y aun es objeto de discriminación, por ello soy partidario de ciertas medidas de discriminación positiva, que no tienen nada que ver con la paridad en las listas de los partidos o en el Consejo de Ministros, como también soy defensor de las medidas de conciliación familiar y laboral para mujeres y hombres, por ejemplo. Pero me parece totalmente descabellado que esa discriminación cada vez menor, por cierto, sea motivo para aprobar una ley de dudosa constitucionalidad y para hacernos comulgar con un lenguaje inclusivo que, por cierto, es una patada a la gramática del segundo idioma más hablado del mundo. Es simplemente un grave error y para comprenderlo invito a escuchar la conferencia referenciada de la doctora Concepción Company[1], madrileña naturalizada en México y de amplio y ejemplar currículo[2].
Pero cuando se me ocurre declararme en contra de las subvenciones estatales a unos sindicatos, que han perdido el norte y solo sirven a los intereses de una clase muy determinada de trabajadores y a los de su partido nodriza, la reprimenda que me llevo de mis respetados adversarios es morrocotuda sin ser la peor, porque inmediatamente amplío mi oposición, porque me va la marcha, al reparto de subvenciones a asociacionesde todo tipo y medios de comunicación, que no son más que agujeros en los que colocar a personajes afines que, cuando interese, serán empleados en “mover” la calle y meter presión. Esto ya les saca de sus casillas y me vuelven a calificar de fascista, sin escuchar más, aunque intente explicarles que los impuestos que pagamos todos no deben utilizarse en esos menesteres, que todo esa caterva de organizaciones deberían financiarse con las aportaciones de sus afiliados y, en todo caso, con donaciones legales.
Todas estas y unas cuantas más, son cuestiones de las que oigo hablar en muchos lugares: bares, terrazas, salas de espera, etc. Todas ellas y unas cuantas más tienen a la mayoría de los españoles hasta el gorro, luego votarán lo que les dé la gana y por el motivo que sea, pero no parece que estén en sintonía con el comportamiento de los políticos que nos gobiernan, más bien se acercan a mis posturas. No sé si a todos los tienen calificados como a mí de fascistas, pero mis queridos adversarios se lo tendrían que hacer mirar porque de tanto utilizar el término lo van a desgastar y banalizar. Creo, además, que deberían estudiar un poco más para entender bien que es el fascismo y, de paso, deberían replantearse sus formas de actuar en la confrontación política porque están perdiendo los papeles, ya que la razón hace tiempo que la dejaron en casa. La gente, como nos llaman algunos de ellos, estamos demostrando bastante más educación, templanza y amor a nuestra patria que ellos.
2 de mayo 2021, CCXIII aniversario del levantamiento contra la invasión francesa.
LUIS BAILE ROY
[1] https://www.youtube.com/watch?v=mJVlyKkNWtI
[2] https://colnal.mx/integrantes/concepcion-company-company/



1 comentario en “¡FASCISTA! NO SE LO QUITAN DE LA BOCA”
Efectivamente Luis. Para mi, visto la perversión del lenguaje y la utilización interesada de la palabra fascista por una izquierda totalitaria, que me digan fascista no es un insulto es un halago.